Entre la confusión, y los tags.

PRY
Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar… te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, en el valle de los avasallados.Leólo.

Interminable<-> bucle, de cosas irreales...

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Cyril Rolando

joludi:

La Brujas de Limia y el Río Leteo
Este gélido fin de semana de Noviembre-“o mes das animas" he pasado, conduciendo y meditando, por la Limia, en Orense y he sentido la tentación de parar en alguna de las tiendas de souvenirs que se ven junto a la carretera, en busca de alguna figurita de bruja, para una buena amiga que las colecciona.
Me hacía ilusión conseguir una bonita bruja en estos neblinosos parajes de la comarca de Limia. Porque yo pienso que si Galicia es el polo natural de la brujería peninsular (junto con el país vasco), el centro brujeril de Galicia es sin duda la comarca neblinosa de la Limia. Hay incluso unos versos de Tirso de Molina, en su comedia “La Gallega Mari Hernández” (la “serrana de Limia”) que hacen alusión a esta fertilidad de brujas y “xente cativa” por estos pagos:
 “…Y me dicen que esta tierra/es tan fértil en dar brujas/como nabos, Dios me tenga/de su mano.”
En esta mágicas llanuras de Limia hay por todas partes ecos de los seres míticos gallegos. Es el mundo fantástico de las meigas “chuchonas” (que chupaban la sangre de los niños), de los malvados trasnos y diaños, de Pepa la Loba, de los espíritus de la Santa Compaña que avanzan siniestramente por las corredoiras, de las ciudades enterradas y encantadas, de los pozos mágicos que en realidad son puertas hacia el infierno, de Marimanta, la bruja de los dientes verdes, del hombre del saco, del Can Negro y del Lobo Blanco, de los lobishomes…
Limia es un mundo donde la muerte y el más allá, cobran una importancia inusual. De hecho, estaba por aquí la laguna Antela, que según todos los indicios, era un lugar clave en la mitología de los antiguos romanos. Esta laguna fue el mayor lago de agua dulce de España, con 42 millones de metros cuadrados, hasta que se procedió a su desecación hace 80 años.
Según las creencias romanas, cuando alguien moría, debía cruzar a nado la laguna Antela (el Río Lethes o Leteo, como ellos le llamaban), a fin de que sus memorias se borrasen y le fuese más fácil la existencia en el otro mundo, sin la tortura de los recuerdos que se llevaría en caso contrario de este.
Cuando los primeros soldados romanos, dirigidos por Décimo Junio Bruto llegaron en el 135 a.c. a lo que creían ser el río Leteo, se negaron en redondo a cruzarlo, pues temían perder para siempre sus recuerdos. Fue entonces cuando Bruto tuvo que recurrir a una deliciosa añagaza. Cruzó el primero el curso de agua y desde la otra orilla llamó, uno a uno, por su nombre, a sus legionarios, demostrando con ello que lo de la pérdida de la memoria era pura leyenda abonada sin duda por los lugareños para evitar la conquista.
Sobre el mito del Río Leteo y su capacidad para borrar la memoria, Francisco de Quevedo escribió el más hermoso soneto de amor de la lengua castellana. Voy a reproducirlo aquí:
”Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía,
hora a su afán ansioso lisonjera;
más no, desotra parte, en la ribera,
dejará la memoria en donde ardía,
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:
su cuerpo dejarán no su cuidado;
serán ceniza, más tendrán sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.” 
(Esta portentosa obra maestra de Quevedo habla justamente de la pervivencia del amor después de la muerte. La verdad es que no es fácil entender bien el significado de cada verso. Por eso no me resisto a dar una especie de transcripción en lenguaje más inteligible, para que el goce intelectual de esta genialidad de Quevedo sea un poco más asequible. Que me perdone Don Francisco por el atrevimiento:
“Sí.Tal vez un día me llegue la muerte también a mí. Cómo podría rechazar yo ese escenario. Quién soy yo para estar a salvo de esa ley inexorable. También a mí me habrá de llegar esa hora oscura. 
Será el triste instante en el que la última de las nubes que me han ido velando la luz de la vida me arranque por fin definitivamente el regalo luminoso de la vida. 
Sí. Se que esto también me ha de llegar. Y se que mi alma, que ahora está ahita de goces y entregada a la locura del deseo y del ansia de amor, tendrá también que despedirse de su cuerpo, romper para siempre este vínculo con esta piel mía y estas vísceras enamoradas que tiemblan de pasión. 
Sin embargo, aunque me llegue la muerte, aunque la fatalidad arranque mi alma de mi cuerpo, yo no dejaré de ser yo. 
Mi memoria será mi memoria. Mis recuerdos y mis sensaciones subsistirán. Lo sé. Sé muy bien que según las leyendas ancestrales, cuando morimos, es cómo sicruzásemos el río Leteo, cuyas aguas heladas nos roban la memoria, para hacer más tolerable la muerte, sin la tortura de recordar lo que queremos y que aquí queda. Sin embargo, esa laguna de aguas frías no existirá para mí. Yo no dejaré mi memoria en este mundo. Me la llevaré conmigo al más allá. No respetaré esa ley del agua fría que deja a los muertos sin recuerdos. Desconozco si tendré que atravesar esta infausta laguna helada, pero si he de hacerlo, mis recuerdos nadarán conmigo, porque el fuego de mi amor me protegerá del frío olvido.
No puede ser de otro modo. 
Porque mi alma ha sido y es la prisión de todo un dios, el dios del amor. Porque por mis venas ha fluido y fluye el amor, que es el combustible inacabable de mi pasión. Porque mi médula ha ardido en gloriosos arrebatos de cariño y entrega. Entonces yo no moriré del todo. Tal vez, sí, mi cuerpo se corrompa y se convierta en cenizas. Pero esas cenizas no serán fría materia. Yo me convertiré en polvo, pero ese polvo será un polvo…enamorado. ”)
Mientras conducía por la comarca fantasmagórica y brujeril de la Limia, cerca del mitológico Leteo, no pude menos que sentir un escalofrío al recordar este prodigioso poema. Un soneto genial que Quevedo tituló precisamente como
"Amor Constante, Más Allá de la Muerte".
Y entonces caí en la cuenta de que una de las primeras mujeres gallegas que entró en la Historia, Inés de Castro, nació justamente aquí, en la Limia y protagonizó además una de las historias de amor más sobrecogedoras que conozco.
Una historia que habla también de amor constante, después de la muerte. De cenizas. De polvo enamorado. Y de qué manera.
Todo encaja, la verdad. Porque la historia de Inés de Castro es la bellísima historia de un amor que se obstina en sobrevivir. Que pugna, enloquecido, por vencer a las leyes de los hombres y a las leyes de la naturaleza.
Quiero entonces terminar este largo post contando la historia de Inés de Castro, que creo no es tan conocida como yo pensaba.
Inés era hija de Aldonza Soares, la amante de Pedro Fernández de Castro, el precursor de los Condes de Lemos, y nieto del rey Sancho IV el Bravo. Al llegar a la juventud, se trasladó a la corte del Duque de Peñafiel, como dama de compañía de la hija del Duque, Constanza.
En 1340, Constanza se casa con el infante Pedro, hijo del rey de Portugal, y lógicamente, Inés de Castro se traslada con su señora a Lisboa. Pero al verla el infante recién casado se enamora perdidamente de ella y se inicia una fogosa relación, más o menos notoria, que atormenta a Constanza.
Cinco años más tarde, en 1345, muere Constanza, la esposa legítima de Pedro. Y es en 1349, el príncipe decide casarse en secreto con su amante Inés, haciendo caso omiso de las presiones de los nobles portugueses.
Pedro e Inés tuvieron cuatro hijos. Y esa descendencia suscitó toda clase de intrigas en la corte Portuguesa, pues los nobles de ese reino preferían que no entrase en el trono portugués sangre de la poderosa familia gallega de los Fernández de Castro, emparentados con los reyes castellanos.
De modo que la facción de los enemigos de Inés convenció al rey Alfonso IV de que había que matar a la amante de su hijo y madre de sus nietos. Pese a las dudas del rey, los malvados Gonçalvez, Coelho y Pacheco se dirigieron a la Quinta de las Lágrimas, donde estaba Inés y allí cortaron cruelmente su cuello delante de sus hijos, aprovechando que el infante Pedro estaba de cacería.
El dolor del príncipe ante la muerte de su amada, la hermosa Inés, fue infinito. Y también sus ansias de venganza. Nunca olvidó ni el amor ni el odio.
Cuando el príncipe Pedro subió al trono, mandó buscar a los asesinos de su amada. Cuando tuvo presos a dos de ellos, los llevó a una estancia del castillo donde estaban listas unas viandas para un pequeño banquete, así cómo algunos utensilios de tortura.
Allí, mientras comía, Pedro ordenó torturar a los dos secuaces. Luego, pidió al verdugo que, aún vivos, se les extrajese el corazón. Cuenta Camoens en Os Lusiadas que a uno de los malvados se lo extrajeron por la espalda, mientras que al otro por el pecho. Entonces, Pedro se comió tranquilamente los corazones de los que habían asesinado a su amada. O al menos los mordió, para escupirlos después.
Pedro también ordenó exhumar el cadaver de Inés, que llevaba ya cinco años pudriéndose en el Monasterio de Alcobaça, tras suntuosos funerales. Y sentó el despojo corrupto en un trono, junto al suyo, en condición de Reina. Y obligó a los nobles a besar la huesuda mano del cadaver, en póstumo homenaje.
Hoy en día el cadaver de Pedro reposa en una impresionante conjunto funerario en Alcobaça. Antes de morir, Pedro dispuso que su sepultura estuviese dispuesta junto a la de Inés, pero de tal modo, que sus pies tocasen los de ella. No a su lado, sino pies con pies. Un detalle muy importante.
La idea de Pedro era que al levantarse, el día de la Resurrección, la primera imagen que contemplase fuera la de la hermosa Inés, la gallega universal que simboliza el impulso del enamorado por sobrepujar las inexorables leyes de la vida y la muerte; por ser polvo, “más polvo enamorado”.

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La Brujas de Limia y el Río Leteo

Este gélido fin de semana de Noviembre-“o mes das animas" he pasado, conduciendo y meditando, por la Limia, en Orense y he sentido la tentación de parar en alguna de las tiendas de souvenirs que se ven junto a la carretera, en busca de alguna figurita de bruja, para una buena amiga que las colecciona.

Me hacía ilusión conseguir una bonita bruja en estos neblinosos parajes de la comarca de Limia. Porque yo pienso que si Galicia es el polo natural de la brujería peninsular (junto con el país vasco), el centro brujeril de Galicia es sin duda la comarca neblinosa de la Limia. Hay incluso unos versos de Tirso de Molina, en su comedia “La Gallega Mari Hernández” (la “serrana de Limia”) que hacen alusión a esta fertilidad de brujas y “xente cativa” por estos pagos:

“…Y me dicen que esta tierra/es tan fértil en dar brujas/como nabos, Dios me tenga/de su mano.”

En esta mágicas llanuras de Limia hay por todas partes ecos de los seres míticos gallegos. Es el mundo fantástico de las meigas “chuchonas” (que chupaban la sangre de los niños), de los malvados trasnos y diaños, de Pepa la Loba, de los espíritus de la Santa Compaña que avanzan siniestramente por las corredoiras, de las ciudades enterradas y encantadas, de los pozos mágicos que en realidad son puertas hacia el infierno, de Marimanta, la bruja de los dientes verdes, del hombre del saco, del Can Negro y del Lobo Blanco, de los lobishomes…

Limia es un mundo donde la muerte y el más allá, cobran una importancia inusual. De hecho, estaba por aquí la laguna Antela, que según todos los indicios, era un lugar clave en la mitología de los antiguos romanos. Esta laguna fue el mayor lago de agua dulce de España, con 42 millones de metros cuadrados, hasta que se procedió a su desecación hace 80 años.

Según las creencias romanas, cuando alguien moría, debía cruzar a nado la laguna Antela (el Río Lethes o Leteo, como ellos le llamaban), a fin de que sus memorias se borrasen y le fuese más fácil la existencia en el otro mundo, sin la tortura de los recuerdos que se llevaría en caso contrario de este.

Cuando los primeros soldados romanos, dirigidos por Décimo Junio Bruto llegaron en el 135 a.c. a lo que creían ser el río Leteo, se negaron en redondo a cruzarlo, pues temían perder para siempre sus recuerdos. Fue entonces cuando Bruto tuvo que recurrir a una deliciosa añagaza. Cruzó el primero el curso de agua y desde la otra orilla llamó, uno a uno, por su nombre, a sus legionarios, demostrando con ello que lo de la pérdida de la memoria era pura leyenda abonada sin duda por los lugareños para evitar la conquista.

Sobre el mito del Río Leteo y su capacidad para borrar la memoria, Francisco de Quevedo escribió el más hermoso soneto de amor de la lengua castellana. Voy a reproducirlo aquí:

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía,

hora a su afán ansioso lisonjera;

más no, desotra parte, en la ribera,

dejará la memoria en donde ardía,

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejarán no su cuidado;

serán ceniza, más tendrán sentido;

polvo serán, más polvo enamorado.”

(Esta portentosa obra maestra de Quevedo habla justamente de la pervivencia del amor después de la muerte. La verdad es que no es fácil entender bien el significado de cada verso. Por eso no me resisto a dar una especie de transcripción en lenguaje más inteligible, para que el goce intelectual de esta genialidad de Quevedo sea un poco más asequible. Que me perdone Don Francisco por el atrevimiento:

Sí.Tal vez un día me llegue la muerte también a mí. Cómo podría rechazar yo ese escenario. Quién soy yo para estar a salvo de esa ley inexorable. También a mí me habrá de llegar esa hora oscura.

Será el triste instante en el que la última de las nubes que me han ido velando la luz de la vida me arranque por fin definitivamente el regalo luminoso de la vida.

Sí. Se que esto también me ha de llegar. Y se que mi alma, que ahora está ahita de goces y entregada a la locura del deseo y del ansia de amor, tendrá también que despedirse de su cuerpo, romper para siempre este vínculo con esta piel mía y estas vísceras enamoradas que tiemblan de pasión.

Sin embargo, aunque me llegue la muerte, aunque la fatalidad arranque mi alma de mi cuerpo, yo no dejaré de ser yo.

Mi memoria será mi memoria. Mis recuerdos y mis sensaciones subsistirán. Lo sé. Sé muy bien que según las leyendas ancestrales, cuando morimos, es cómo si
cruzásemos el río Leteo, cuyas aguas heladas nos roban la memoria, para hacer más tolerable la muerte, sin la tortura de recordar lo que queremos y que aquí queda. Sin embargo, esa laguna de aguas frías no existirá para mí. Yo no dejaré mi memoria en este mundo. Me la llevaré conmigo al más allá. No respetaré esa ley del agua fría que deja a los muertos sin recuerdos. Desconozco si tendré que atravesar esta infausta laguna helada, pero si he de hacerlo, mis recuerdos nadarán conmigo, porque el fuego de mi amor me protegerá del frío olvido.

No puede ser de otro modo.

Porque mi alma ha sido y es la prisión de todo un dios, el dios del amor. Porque por mis venas ha fluido y fluye el amor, que es el combustible inacabable de mi pasión. Porque mi médula ha ardido en gloriosos arrebatos de cariño y entrega. Entonces yo no moriré del todo. Tal vez, sí, mi cuerpo se corrompa y se convierta en cenizas. Pero esas cenizas no serán fría materia. Yo me convertiré en polvo, pero ese polvo será un polvo…enamorado. ”)

Mientras conducía por la comarca fantasmagórica y brujeril de la Limia, cerca del mitológico Leteo, no pude menos que sentir un escalofrío al recordar este prodigioso poema. Un soneto genial que Quevedo tituló precisamente como

"Amor Constante, Más Allá de la Muerte".

Y entonces caí en la cuenta de que una de las primeras mujeres gallegas que entró en la Historia, Inés de Castro, nació justamente aquí, en la Limia y protagonizó además una de las historias de amor más sobrecogedoras que conozco.

Una historia que habla también de amor constante, después de la muerte. De cenizas. De polvo enamorado. Y de qué manera.

Todo encaja, la verdad. Porque la historia de Inés de Castro es la bellísima historia de un amor que se obstina en sobrevivir. Que pugna, enloquecido, por vencer a las leyes de los hombres y a las leyes de la naturaleza.

Quiero entonces terminar este largo post contando la historia de Inés de Castro, que creo no es tan conocida como yo pensaba.

Inés era hija de Aldonza Soares, la amante de Pedro Fernández de Castro, el precursor de los Condes de Lemos, y nieto del rey Sancho IV el Bravo. Al llegar a la juventud, se trasladó a la corte del Duque de Peñafiel, como dama de compañía de la hija del Duque, Constanza.

En 1340, Constanza se casa con el infante Pedro, hijo del rey de Portugal, y lógicamente, Inés de Castro se traslada con su señora a Lisboa. Pero al verla el infante recién casado se enamora perdidamente de ella y se inicia una fogosa relación, más o menos notoria, que atormenta a Constanza.

Cinco años más tarde, en 1345, muere Constanza, la esposa legítima de Pedro. Y es en 1349, el príncipe decide casarse en secreto con su amante Inés, haciendo caso omiso de las presiones de los nobles portugueses.

Pedro e Inés tuvieron cuatro hijos. Y esa descendencia suscitó toda clase de intrigas en la corte Portuguesa, pues los nobles de ese reino preferían que no entrase en el trono portugués sangre de la poderosa familia gallega de los Fernández de Castro, emparentados con los reyes castellanos.

De modo que la facción de los enemigos de Inés convenció al rey Alfonso IV de que había que matar a la amante de su hijo y madre de sus nietos. Pese a las dudas del rey, los malvados Gonçalvez, Coelho y Pacheco se dirigieron a la Quinta de las Lágrimas, donde estaba Inés y allí cortaron cruelmente su cuello delante de sus hijos, aprovechando que el infante Pedro estaba de cacería.

El dolor del príncipe ante la muerte de su amada, la hermosa Inés, fue infinito. Y también sus ansias de venganza. Nunca olvidó ni el amor ni el odio.

Cuando el príncipe Pedro subió al trono, mandó buscar a los asesinos de su amada. Cuando tuvo presos a dos de ellos, los llevó a una estancia del castillo donde estaban listas unas viandas para un pequeño banquete, así cómo algunos utensilios de tortura.

Allí, mientras comía, Pedro ordenó torturar a los dos secuaces. Luego, pidió al verdugo que, aún vivos, se les extrajese el corazón. Cuenta Camoens en Os Lusiadas que a uno de los malvados se lo extrajeron por la espalda, mientras que al otro por el pecho. Entonces, Pedro se comió tranquilamente los corazones de los que habían asesinado a su amada. O al menos los mordió, para escupirlos después.

Pedro también ordenó exhumar el cadaver de Inés, que llevaba ya cinco años pudriéndose en el Monasterio de Alcobaça, tras suntuosos funerales. Y sentó el despojo corrupto en un trono, junto al suyo, en condición de Reina. Y obligó a los nobles a besar la huesuda mano del cadaver, en póstumo homenaje.

Hoy en día el cadaver de Pedro reposa en una impresionante conjunto funerario en Alcobaça. Antes de morir, Pedro dispuso que su sepultura estuviese dispuesta junto a la de Inés, pero de tal modo, que sus pies tocasen los de ella. No a su lado, sino pies con pies. Un detalle muy importante.

La idea de Pedro era que al levantarse, el día de la Resurrección, la primera imagen que contemplase fuera la de la hermosa Inés, la gallega universal que simboliza el impulso del enamorado por sobrepujar las inexorables leyes de la vida y la muerte; por ser polvo, “más polvo enamorado”.

joludi:

Xiao Ding

Le preguntaron a Lao Tse quien era el hombre más sabio de China. Lao Tse respondió que era Xiao Ding, un simple campesino de una región remota. Cuando le suplicaron que explicase la razón por la que Xiao Ding era el hombre más sabio del Reino, Lao Tse contó su historia. 
Al parecer, un caluroso día de verano, un demonio poderoso, se cruzó en un camino con Xiao Ding y le pidió agua. 
Xiao Ding le dio de beber. Y en agradecimiento, el demonio le ofreció a Xiao Ding la posibilidad de convertirse, en ese mismo instante, en Emperador de la China. 
Xiao Ding se quedó pensativo y al cabo de un momento, le preguntó al demonio si había algún precio que pagar para obtener tan gran merced (los demonios, ya se sabe, nunca dan nada gratis). 
Sí. Había que pagar un precio. Pero era un pequeño precio, respondió el demonio: tan pronto se convirtiese en Emperador, Xiao Ding olvidaría que era un pobre campesino…
Oyendo esto, Xiao Ding le dijo al demonio que si le obligaba a dejar en ese camino sus recuerdos, no le estaba ofreciendo nada en absoluto. Y en cambio le pedía todo. Porque a quien pierde los recuerdos ya no le queda nada.
 Sin recuerdos, prosiguió Xiao, él ya podría estar siendo, en ese instante, y quizá ya lo era, cualquier otro hombre, poderoso o insignificante. No hacía falta que nadie obrara el prodigio. No era preciso el poder de un caprichoso demonio para conseguirlo.
Así que Xiao Ding prosiguió su marcha.
Somos tan solo lo que es nuestra memoria, explicó el Maestro Lao Tse; la conciencia, la identidad, es tan solo otra manera de referirse a la sutil red que han ido tejiendo nuestras vivencias en forma de recuerdos. Por entenderlo, y por negarse a convertirse en Emperador a cambio de su memoria, Xiao Ding debía considerarse el hombre más sabio de China.
Esto dijo Lao Tse.

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Xiao Ding

Le preguntaron a Lao Tse quien era el hombre más sabio de China. Lao Tse respondió que era Xiao Ding, un simple campesino de una región remota. Cuando le suplicaron que explicase la razón por la que Xiao Ding era el hombre más sabio del Reino, Lao Tse contó su historia. 

Al parecer, un caluroso día de verano, un demonio poderoso, se cruzó en un camino con Xiao Ding y le pidió agua. 

Xiao Ding le dio de beber. Y en agradecimiento, el demonio le ofreció a Xiao Ding la posibilidad de convertirse, en ese mismo instante, en Emperador de la China. 

Xiao Ding se quedó pensativo y al cabo de un momento, le preguntó al demonio si había algún precio que pagar para obtener tan gran merced (los demonios, ya se sabe, nunca dan nada gratis). 

Sí. Había que pagar un precio. Pero era un pequeño precio, respondió el demonio: tan pronto se convirtiese en Emperador, Xiao Ding olvidaría que era un pobre campesino…

Oyendo esto, Xiao Ding le dijo al demonio que si le obligaba a dejar en ese camino sus recuerdos, no le estaba ofreciendo nada en absoluto. Y en cambio le pedía todo. Porque a quien pierde los recuerdos ya no le queda nada.

Sin recuerdos, prosiguió Xiao, él ya podría estar siendo, en ese instante, y quizá ya lo era, cualquier otro hombre, poderoso o insignificante. No hacía falta que nadie obrara el prodigio. No era preciso el poder de un caprichoso demonio para conseguirlo.

Así que Xiao Ding prosiguió su marcha.

Somos tan solo lo que es nuestra memoria, explicó el Maestro Lao Tse; la conciencia, la identidad, es tan solo otra manera de referirse a la sutil red que han ido tejiendo nuestras vivencias en forma de recuerdos. Por entenderlo, y por negarse a convertirse en Emperador a cambio de su memoria, Xiao Ding debía considerarse el hombre más sabio de China.

Esto dijo Lao Tse.

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Milagros.
Me pregunta Marta si yo creo en los milagros. ¡Pues claro que sí!,  le contesto. Cómo no creer en los milagros cuando se conocen los maravillosos prodigios que obra la Ley de los Grandes Números, que a su vez es el fundamento de la llamada Teoría de las Coincidencias.
La Teoría de las Coincidencias, que establece un escenario perfectamente racional para esas coincidencias que tendemos a calificar como milagrosas, fue propuesta por los matemáticos Persi Diaconis y Frederick Mosteller. Se basa en dos ideas clave: 1) aquello que solo puede ocurrir con una probabilidad de uno entre un millón, acabará ocurriendo, por mucho que nos sorprenda cuando ocurra y 2) los seres humanos tendemos a sobreestimar notablemente la improbabilidad de los acontecimientos, cuando la probabilidad de que ocurran es realmente pequeña. Sobre estos dos principios, se establece que cuando un enorme número de eventos y de gente interaccionan a lo largo de un período de tiempo suficientemente extenso, incluso los hechos más impensables acaban teniendo lugar.
El admirable Freeman Dyson, ha llamado a este efecto la “Ley de Littlewood de los Milagros”. Si asumimos que que un milagro es cualquier evento que tiene especial significación cuando ocurre con una frecuencia de uno entre un millón, podemos calcular la probabilidad de que ocurra dicho milagro: multipliquemos las ocho horas del día durante las que estamos despiertos por el número total de eventos que por término medio nos ocurren, que son unos 30 mil por día, o un millón por mes. Ahora si, saltamos del nivel individual al social, cada día ocurrirán en torno a 60 hechos milagrosos en España, y unos 7.000 en el mundo. 
Un milagro entonces, simple aritmética, es algo que ocurre miles de veces en el mundo. Tal vez no nos enteramos, pero es así. Y ahora, con el boom de la interrelación entre las personas, las redes sociales y todo eso, acabaremos por enterarnos cada vez más, ya se verá.
Así que creo en los milagros en la misma medida que creo en las matemáticas. Y para probarlo, anteayer me compré un maravilloso libro que está lleno de ilustraciones del siglo XVI como la que reproduzco. Es el facsimil del fastuoso Das Wunderzdeichenbuch, el Libro de los Milagros, una obra maestra del arte editorial, publicada en Augsburgo en 1532. Soy feliz con él en mi biblioteca. Milagrosamente feliz.

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Milagros.

Me pregunta Marta si yo creo en los milagros. ¡Pues claro que sí!,  le contesto. Cómo no creer en los milagros cuando se conocen los maravillosos prodigios que obra la Ley de los Grandes Números, que a su vez es el fundamento de la llamada Teoría de las Coincidencias.

La Teoría de las Coincidencias, que establece un escenario perfectamente racional para esas coincidencias que tendemos a calificar como milagrosas, fue propuesta por los matemáticos Persi Diaconis y Frederick Mosteller. Se basa en dos ideas clave: 1) aquello que solo puede ocurrir con una probabilidad de uno entre un millón, acabará ocurriendo, por mucho que nos sorprenda cuando ocurra y 2) los seres humanos tendemos a sobreestimar notablemente la improbabilidad de los acontecimientos, cuando la probabilidad de que ocurran es realmente pequeña. Sobre estos dos principios, se establece que cuando un enorme número de eventos y de gente interaccionan a lo largo de un período de tiempo suficientemente extenso, incluso los hechos más impensables acaban teniendo lugar.

El admirable Freeman Dyson, ha llamado a este efecto la “Ley de Littlewood de los Milagros”. Si asumimos que que un milagro es cualquier evento que tiene especial significación cuando ocurre con una frecuencia de uno entre un millón, podemos calcular la probabilidad de que ocurra dicho milagro: multipliquemos las ocho horas del día durante las que estamos despiertos por el número total de eventos que por término medio nos ocurren, que son unos 30 mil por día, o un millón por mes. Ahora si, saltamos del nivel individual al social, cada día ocurrirán en torno a 60 hechos milagrosos en España, y unos 7.000 en el mundo. 

Un milagro entonces, simple aritmética, es algo que ocurre miles de veces en el mundo. Tal vez no nos enteramos, pero es así. Y ahora, con el boom de la interrelación entre las personas, las redes sociales y todo eso, acabaremos por enterarnos cada vez más, ya se verá.

Así que creo en los milagros en la misma medida que creo en las matemáticas. Y para probarlo, anteayer me compré un maravilloso libro que está lleno de ilustraciones del siglo XVI como la que reproduzco. Es el facsimil del fastuoso Das Wunderzdeichenbuch, el Libro de los Milagros, una obra maestra del arte editorial, publicada en Augsburgo en 1532. Soy feliz con él en mi biblioteca. Milagrosamente feliz.

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Tafois kekoniamenois.

Ahora se lleva mucho la camisa blanca entre los que aspiran al poder. Sánchez y Madina han hecho toda su campaña casi sin quitársela. 
Es una moda que inauguró Obama, evocando las célebres camisas blancas de los Kennedy, quienes a menudo se despojaban de la chaqueta para dar mucha imagen de energía y proactividad. 
Obama ha sabido explotar muy bien esa iconografía consagrada de la camisa blanca kennediana, con esas mangas tan descuidadamente recogidas (muy importante). 
Luego ha venido Matteo Renzi, imitando el estilo camiseril de Obama. Con gran éxito de público y crítica.
Y ahora se visten de camisa blanca estos candidatos de hipotética izquierda que reconocen sin pudor ver en el condottiero italiano un perfecto modelo a seguir. Y en Obama, claro está.
Camisa blanca. Librea de meeting. Uniforme de rottamatore. Seña de identidad de político de nueva generación y de presunta vocación progresista. 
La cosa tiene una explicación. Llevar estas camisas blancas mal remangadas y sin corbata transmite un claro mensaje subliminal (sub-limen, por debajo del límite, debajo del nivel de la conciencia). A saber: ojo, votante, esta camisa te indica que yo llevo normalmente traje y corbata, es decir, no soy un perroflauta o un friki; soy del sistema, no te vayas a creer; lo que pasa es que, una cosa no quita la otra, también me mola el buen rollito de izquierdas; soy un tío majo y currante, de verdad…pero soy una persona de orden, en última instancia. Te puedes fiar de mí. Si quiero me pongo la chaqueta y la corbata y ya está…
Es eso, básicamente. La potente semiótica de la camisa blanca remangada. Una camisa blanca que adicionalmente transmite una idea de la impecable limpieza moral en el candidato, algo muy necesario en estos tiempos. Pero esto último es un truco muy viejo. Ya lo usaban los romanos, que vestían con togas completamente blanqueadas con tiza (candidae togae) a los que se debatían en el cursus honoris en busca de algún puesto. No se si va a colar. Y además, a mí me recuerda, no se por qué, aquello tan expresivo que alguien mas autorizado que yo dedicó a los escribas y fariseos de su tiempo. Me refiero a eso de de τάφοις κεκονιαμένοις, es decir sepulcros blanqueados, tal vez bellos por fuera pero llenos, por dentro, de huesos y restos del pasado…

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Tafois kekoniamenois.

Ahora se lleva mucho la camisa blanca entre los que aspiran al poder. Sánchez y Madina han hecho toda su campaña casi sin quitársela.

Es una moda que inauguró Obama, evocando las célebres camisas blancas de los Kennedy, quienes a menudo se despojaban de la chaqueta para dar mucha imagen de energía y proactividad. 

Obama ha sabido explotar muy bien esa iconografía consagrada de la camisa blanca kennediana, con esas mangas tan descuidadamente recogidas (muy importante). 

Luego ha venido Matteo Renzi, imitando el estilo camiseril de Obama. Con gran éxito de público y crítica.

Y ahora se visten de camisa blanca estos candidatos de hipotética izquierda que reconocen sin pudor ver en el condottiero italiano un perfecto modelo a seguir. Y en Obama, claro está.

Camisa blanca. Librea de meeting. Uniforme de rottamatore. Seña de identidad de político de nueva generación y de presunta vocación progresista. 

La cosa tiene una explicación. Llevar estas camisas blancas mal remangadas y sin corbata transmite un claro mensaje subliminal (sub-limen, por debajo del límite, debajo del nivel de la conciencia). A saber: ojo, votante, esta camisa te indica que yo llevo normalmente traje y corbata, es decir, no soy un perroflauta o un friki; soy del sistema, no te vayas a creer; lo que pasa es que, una cosa no quita la otra, también me mola el buen rollito de izquierdas; soy un tío majo y currante, de verdad…pero soy una persona de orden, en última instancia. Te puedes fiar de mí. Si quiero me pongo la chaqueta y la corbata y ya está…

Es eso, básicamente. La potente semiótica de la camisa blanca remangada. Una camisa blanca que adicionalmente transmite una idea de la impecable limpieza moral en el candidato, algo muy necesario en estos tiempos. Pero esto último es un truco muy viejo. Ya lo usaban los romanos, que vestían con togas completamente blanqueadas con tiza (candidae togae) a los que se debatían en el cursus honoris en busca de algún puesto. No se si va a colar. Y además, a mí me recuerda, no se por qué, aquello tan expresivo que alguien mas autorizado que yo dedicó a los escribas y fariseos de su tiempo. Me refiero a eso de de τάφοις κεκονιαμένοις, es decir sepulcros blanqueados, tal vez bellos por fuera pero llenos, por dentro, de huesos y restos del pasado…

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opening scene 01 by viko-br

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"…La muerte es la posibilidad vivida de que ya no haya más posibilidad para mí, posibilidad de que mi mismo ser sea imposible, nuestra vida es un ente, y los extremos, la nada del antes y la nada del después no nos pertenecen."

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Martin Heidegger - Ser y Tiempo.  (via eindasein)

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Look at my eyes, Faye. One of them is a fake because I lost it in an accident. Since then, I’ve been seeing the past in one eye and the present in the other. So I thought I could only see patches of reality. Never the whole picture.

I felt like I was watching a dream I’d never wake up from.

(Source: baddroid)

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CEMENT ECLIPSES @ CHIAPAS MEXICO

Artist Isaac Cordal (tumblr / facebook) - “With the simple act of miniaturization and thoughtful placement, Isaac Cordal magically expands the imagination of pedestrians finding his sculptures on the street. Cement Eclipses is a critical definition of our behavior as a social mass. The art work intends to catch the attention on our devalued relation with the nature through a critical look to the collateral effects of our evolution. With the master touch of a stage director, the figures are placed in locations that quickly open doors to other worlds. The scenes zoom in the routine tasks of the contemporary human being”.

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therealcrowdsurfking:

magictransistor:

Harry Clarke. Illustrations for Edgar Allan Poe’s Tales of Mystery and Imagination. 1919.

via 50watts

I have a dangers shirt with the gorilla looking thing on it and a quote from the poem. It’s one of my favorite shirts

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nostalgia

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deducemysoul:

nostalgia

(Source: edthatch)